Evangelización y Catequesis (47)

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El Adviento del Señor Jesús. La espera en la alegría y en la Justicia

Estimados hermanos en la fe de nuestro Señor Jesucristo: con la gracia de Dios estamos en el umbral de un nuevo Año Litúrgico dentro de la Iglesia Católica. Ante todo, es necesario estar agradecidos con nuestro buen Dios que nos regala nuevas oportunidades para crecer en el amor y en el perdón hacia el prójimo, entendido éste como el que tenemos más próximo, llámese papá, mamá, esposo, esposa, hijo o hija; en fin, todo aquél que más necesita de nuestro apoyo y atención. Pues bien, éste es el momento para levantar nuestro rostro hacia Dios y decirle: “aquí estoy, Señor. Me has llamado a ser tu hijo y quiero hacerlo de una manera digna como lo fue Jesús cumpliendo la misión que tú le encomendaste”.

Recordemos muy brevemente qué es el adviento y qué significa para nosotros como cristianos: proviene de la palabra latina adventus y hace referencia a la venida de un personaje famoso y de mucho renombre; en nuestro caso corresponde a la persona de Jesús que ciertamente ya vino a los hombres, nos dio su mensaje de amor, cumplió la voluntad del Padre y nos enseñó cómo llegar hasta Él. Ahora estamos en la espera de su Segunda Venida, es decir, en su plenitud y, en cierto modo, estamos celebrando año con año la expectativa de un renacimiento del Niño Jesús en la Navidad en cada uno de los hombres y mujeres que poblamos este mundo.

Tiempo de Adviento, como hemos mencionado en otras ocasiones no es simplemente el “recordar” acontecimientos de salvación que se dieron en la historia hace siglos desde tiempos de los profetas y del mismo Jesús, sino más bien es conmemorar y hacer presentes en nuestra historia esos mismos hechos salvíficos que redundan en beneficio propio.

Como en otras ocasiones, acudamos a nuestras fuentes bíblicas para asentar nuestra reflexión.

La venida de Cristo fue anunciada por los profetas, señalada por el Precursor y realizada por la Virgen; tres son, entonces, las figuras centrales del Adviento: Isaías, Juan Bautista y María.

Durante el Adviento, tiempo de esperanza y de preparación, se lee el libro de Isaías. Isaías es el guía espiritual del “resto” de Israel, entendiendo como “resto” el pequeño grupo del pueblo de Israel que permaneció fiel a su Dios Yahvé. Como profeta, Isaías tuvo experiencia de la justicia de Dios y de la injusticia de los poderosos y mantuvo la esperanza del pueblo de Dios, al anunciar que vendría un reinado de paz, justicia y felicidad.

San Juan BautistaContinuador del mensaje profético de Isaías es Juan Bautista, el precursor. Fortalecido por el Espíritu, vivió en el desierto hasta el día del Adviento de Yahvé a Israel. Su misión es preceder al Señor y dar testimonio de la luz a un mundo que vivía en las tinieblas.

El final de este tiempo está referido a María, la madre de Jesús, que vivió intensamente el Adviento durante los nueve meses de gestación del Salvador en su seno. En tanto que Isaías anuncia ocho siglos antes el nacimiento del Salvador, y el Bautista lo señala en medio del pueblo, María lo entrega. Es bendita por ser madre, y lo es “entre todas las mujeres” por aceptar plenamente el Espíritu de Dios. El reinado de su hijo Jesús no tendrá fin.

Particularmente se acentúa en la Biblia la espera del pueblo judío, al marcar una clara dirección hacia el día del Señor, día en que el pueblo iba a ser liberado de sus opresores romanos.

Reflexionemos ahora un poco sobre la realidad que vive nuestro mundo de hoy que a final de cuentas sigue bajo la opresión aunque de otra índole. El mundo en el que vivimos, nuestro querido mundo, ya no invita a expectativas como la de Jesús y su Dios. Sus esperanzas son de corto alcance. Se tienen que sustentar en la salud, el dinero, el ocio y la familia.

En medio de las idas y venidas diarias, nuestro cristianismo no espera verdaderamente al Hijo, y el mundo espera más bien el próximo puente festivo. En un mundo tan absurdo y tan superficial, lo único verdaderamente importante consiste en pensar dónde pasaremos las próximas vacaciones, eso sí que vale la pena esperar. ¿Ustedes no piensan lo mismo?

En nuestra sociedad mexicana y en general en la gran mayoría de las sociedades del mundo se está viviendo una gran impotencia, indiferencia y desesperanza frente al crecimiento de los problemas sociales, personales, familiares, de la falta de un trabajo digno y de la falta de seguridad gracias a que las grandes potencias y gobiernos quieren “asegurar” sus propios intereses propiciando crisis financieras y por qué no… hasta nuevas enfermedades. Cada día vemos más escenas de miseria, de violencia, de irresponsabilidad humana, hasta parece que tenemos como tarea a corto plazo acabar con nosotros mismos. Hace poco escuché que el peor enemigo del hombre es el hombre mismo y tienen mucha razón quienes lo dijeron, ya que con nuestras irresponsabilidades como género humano estamos propiciando el fin de los recursos que Dios nos encomendó administrar.

Por otro lado, somos capaces de cenar viendo al mismo tiempo en televisión imágenes de niños muriéndose de hambre, imágenes de inmigrantes maltratados, imágenes de gente enferma, secuestros, terrorismo, etc… Y la mayoría de las veces decimos: “no está en nuestras manos hacer algo”; o también: “está fuera de nuestro alcance ayudarlos”… ¿Eso será cierto? Optamos por ignorar la realidad: ya que nos parece imposible esperar un cambio de esta realidad o trabajar para que se lleve a cabo. Lo que más vemos en la televisión y demás medios de comunicación es una carrera loca por el poder político, social y económico. En este mundo parece que solo se puede vencer ganando dinero, prestigio y poder o morir; se corre el riesgo de perder la esperanza de vivir, pues con frecuencia somos huérfanos “del verdadero amor que llena de sentido y de alegría la vida.”

Hablando de la esperanza cristiana nos damos cuenta que nuestro pueblo tiene la gran esperanza de que el mundo va a cambiar algún día, pero vemos con tristeza y muchas veces con enojo que los acomodados viven únicamente pendientes de la esperanza cifrada en el dinero, el poder, la comodidad, etc. Los pobres y marginados esperan siempre una sociedad nueva, un reparto de bienes y de oportunidades, un reino de Dios con libertad y justicia… La persona que espera de verdad tiene confianza en el cumplimiento de las promesas de Dios.

Jesús esperó activamente la venida del reino. Y, porque esperaba, encontró lo esperado: una nueva vida de resucitado. El cristiano debe esperar, al modo de Jesús, la plenitud del Reino, a pesar de los fracasos, de los “signos” catastróficos, de “lo que se nos viene encima”.

Es por eso, que la esperanza en el sentido cristiano es siempre una esperanza viva y activa. No se trata de una simple solidaridad hacia el otro, sino de actuar a favor del otro: “El amor a Dios y el amor al prójimo”, que es el resumen del mensaje y de la vida de Jesús entre nosotros y con nosotros.

Así es hermanos, Adviento es el tiempo ideal para renovar nuestro propio empeño personal y comunitario en la realización de un mundo mejor que el que estamos viviendo actualmente. Los invito a vivir este tiempo de Adviento con “obras de caridad, porque la esperanza como la fe, se demuestran con el amor”.

Haciendo esto, estaremos predisponiéndonos a preparar un corazón de piedra en un corazón libre de orgullo y soberbia donde Jesús encuentre el lugar propicio para renacer y desde ahí generar las actitudes de amor y perdón que tanta falta hacen en nuestro mundo y sociedad de hoy.

No nos dejemos deslumbrar por la iluminación de calles y plazas en estos días, no nos dejemos aturdir por los reclamos machacones al consumo. Vivir en cristiano el Adviento comporta despertar nuestra alegría y nuestra esperanza, pero también vivir con atención y vigilancia ante la venida presente y futura del Señor Jesús.

El auténtico Adviento procede del interior. Del interior del corazón creyente del hombre y, sobre todo, de la hondura del amor de Dios. Debemos preparar el camino a su Amor y descubrir formas nuevas que nos pongan en disposición de recibir “al Salvador que nos envía Dios”. De nuevo volverá a tener vigencia y sentido este bello deseo y esta oración:

“Ven, Señor Jesús”.

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